El “no-tan-obvio” mal olor

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Hace unos meses mi esposo y yo viajamos a Estados Unidos donde estuvimos sirviendo varios meses a un ministerio juvenil. Dios no solo nos proveyó milagrosamente para el viaje sino que además alguien nos prestó una casita solo para nosotros y un coche para poder movernos durante nuestra estadía. Aunque nos gustaba nuestra casita, la mayoría de las semanas no dormíamos allí, sino que nos hospedábamos de lunes a viernes en un campamento con niños o adolescentes y regresábamos a la casa para descansar durante el fin de semana. 

En una ocasión, tras estar toda la semana fuera sirviendo, llegamos a la casa y nos encontramos con una sorpresa…¡la casa entera apestaba! No sabíamos de donde provenía el olor pero rápidamente nos pusimos a intentar solucionar el problema. Abrimos todas las ventanas, revisamos las tuberías del baño y miramos en la basura de la cocina pero no encontrábamos de donde venía el mal olor. ¿Nuestra solución? salir a comprar velas. Compramos varias velas y un spray ambientador seguros de que esto resolvería el problema. Pero tras varias horas de tener las ventanas abiertas y las velas prendidas, el olor seguía igual de fuerte. Cuando llegó la hora de dormir, simplemente no podíamos en el cuarto, ¡el olor era demasiado fuerte! Así que movimos todas nuestras cosas al cuarto de al lado…pues aunque el olor seguía llegando hasta allí, por lo menos era lo suficientemente sutil para poder dormir. Dormimos  varias noches en el otro cuarto con la esperanza de que a la mañana siguiente olería un poquito menos, pero desafortunadamente no era así, la casa - y especialmente el cuarto - seguían apestando. La verdad es que nos daba vergüenza llamar al dueño de la casa - al fin y al cabo nos lo había prestado de manera gratuita y no queríamos ser un incordio - pero no sabíamos qué más hacer. Tras una rápida llamada llegó Kurt - ¡nuestra salvación! y lo que sucedió después fue increíble. Kurt abrió la puerta de la casa, levantó la nariz hacia el cielo y dijo “ay Españoles…no saben nada”, su nariz lo llevó directo al cuarto donde se agachó para mirar debajo de un mueble y extendió la mano sacando de debajo del mueble ¡una pequeña trampa con un ratón muerto!

Nosotros estuvimos días buscando la procedencia del mal olor sin ningún éxito, pero Kurt lo encontró en menos de dos minutos ¿por qué? Porque él sabía lo que estaba buscando y por lo tanto, para él el olor tenía una procedencia obvia.

Esto me llevó a pensar en la amargura y la falta del perdón. A lo largo de los años he conocido a tanta gente que verdaderamente quiere crecer en su relación con Dios pero no sabe que es lo que les frena de poder ser libres. Por mucho que lo intenten no encuentran de donde viene “el mal olor” y por mucho que pongan velas y compren ambientadores, el olor sigue allí. Y aunque a ellos les cueste verlo, para otros la procedencia del mal olor suele ser obvio. Simplemente necesitan perdonar.

Kurt llegó y tiró el ratón muerto al basurero de la calle e instantáneamente se fue el mal olor. El perdón es igual. Puede que no sea fácil pero en cuanto uno perdona, ese “mal olor” - esa cosa que te frena de ser libre - se va y lo que antes podía ser obvio para los que te rodeaban de repente ya no está. Así que, si tú te encuentras luchando con algo que te frena de ser totalmente libre, pregúntale a Dios si quizás no sea el que simplemente tienes que perdonar. Quizás al principio no sea fácil, pero créeme: merecerá la pena vivir sin ese “mal olor”. 

Un nuevo nombre para Dios

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A lo largo del Antiguo Testamento tenemos múltiples historias en las que Dios hacía algo para el pueblo de Israel para enseñarles quien era Él. Dios hacía algo y ellos aprendían “este es nuestro Dios…el que hace tal cosa”. Por ejemplo: en Éxodo 17 Dios les ayudó a ganar una batalla y por consiguiente el pueblo aprendió que Dios era “Jehová Nissi” (nuestra bandera) y en el desierto cuando Dios les prometió que podrían caminar sin que sus pies se quemaran recibieron la revelación de que él era Jehová Rafa (el sanador). Después de que Dios les revelaba algo de su carácter, ellos pasaban de tener una imagen un tanto limitada de Dios a tener una imagen aunque sea un poquito más grande y podían por lo tanto acercarse a él con esta nueva visión de quien era él.

Creo que esto nos pasa a muchos de nosotros: quizás aprendamos que Dios es el proveedor porque hemos visto como ha provisto pero cuando nos enfrentamos a otra situación, una enfermedad por ejemplo – aunque puede que hayamos escuchado que él es el sanador – al no haberlo experimentado de primera mano empezamos a dudar. Pues bien, estos últimos meses Dios me ha enseñado de primera mano que uno de los nombres que había escuchado de él es real.

Todo empezó hace seis meses cuando llegó una chica Venezolana a la iglesia con su hermano de dieciséis años, nos contó que había huido de Venezuela como muchos otros Venezolanos y que había encontrado un sitio donde quedarse pero que en dicho sitio su hermano no podría quedarse. Mi marido y yo oramos y decidimos meterlo en nuestra casa mientras la hermana encontraba trabajo y rehacía su vida. Resumiendo una larguísima historia, a las pocas semanas, la chica nos llamó de camino al aeropuerto informándonos de que regresaba a Venezuela. Para los que no lo sepan: mi marido y yo estamos en fase de recién casados, queremos servir a Dios y anhelamos hacer lo que él quiera que hagamos pero si somos sinceros nunca nos imaginábamos que eso sería ser padres de un adolescente a los tres meses de casados. Con la noticia de la partida de la hermana los dos oramos seriamente: ¿Qué hacemos con este chico? No es mal chico pero por un lado no es creyente y nosotros no estamos en casa todo el tiempo para poder estar atentos de él y por otro lado lo que él necesita es una familia que esté en casa cuando él llegue de la escuela y le ayude con los deberes. Después de orar, mi marido sintió fuertemente que debíamos tenerle cinco meses y ayudar a integrarlo en la sociedad. Así que eso hicimos: encontramos una escuela, compramos el uniforme y los libros, le apuntamos a clases de inglés, intentamos ayudarle con matemáticas (fracasamos en este intento)…de noche a la mañana nuestra vida cambió y lo hicimos con gozo porque sabíamos que Dios había hablado. Como os podéis imaginar, además de hacerlo por obediencia, poco a poco nos empezamos a enamorar de este chico: venía de un contexto en el que nunca había tenido que estudiar, nunca había tenido que obedecer reglas y nunca había tenido que limpiar. Decir que nos sorprendió lo rápido que se adaptó no describe realmente lo que sentimos ¡este chico era (y es) excepcional! A pesar de estar varios cursos escolares por detrás del nivel escolar en España, ha puesto todo su empeño en intentar adelantar y avanzar.

El problema llegó cuando pasaban los meses y no encontrábamos familia para Él. Sabíamos que Dios nos había dicho que lo cuidásemos cinco meses, sin embargo pasaban los meses y la hermana no regresaba. Preguntamos a varias familias de la iglesia – de hecho llamamos a muchos pastores por todo el país en busca de una familia – pero nadie podía acogerlo. En España hay muchas leyes para proteger a niños menores de edad y si el gobierno oye de que tienes a un niño que no es tuyo pueden denunciarte y quitarte el niño de una manera bastante violenta y aunque nosotros sabíamos que esto no nos iba a pasar (porque teníamos una palabra clara del Señor), nadie más sentía de Dios tomar este paso arriesgado. Después de cuatro meses y medio empecé a hacer lo que nunca había imaginado: empecé a llamar a casas de acogida y orfanatos. Con cada llamada tenía el corazón en el pecho, era lo último que queríamos hacer y no tenía nada de sentido ¿porqué protegería Dios a un chico de una manera tan sobrenatural para luego dejarlo en un orfanato? Cuando ya habíamos perdido toda la esperanza pasó lo inesperado: una familia vino a hablar con nosotros. Nos dijeron que habían estado orando por este chico y con lágrimas en los ojos, nos dijeron que querían ayudar. La única condición que pusieron es que querían que el gobierno lo supiese y que tenerlo en su casa fuese totalmente legal. ¡Wow! No podíamos creer que alguien quisiese acogerlo de manera permanente y aunque estábamos increíblemente agradecidos, la realidad es que yo ya había hablado con múltiples instituciones y ONG’s y todos me habían dicho lo mismo: – en cuanto sepan que no eres familiar y que no tienes custodia te lo van a quitar. No obstante era la única opción que teníamos, así que llamé a servicios sociales y pedí cita para hablar con un educador social y así “confesar nuestro gran pecado”.

Llegó el día de la cita – el chico ya llevaba cuatro meses y tres semanas en casa y en una semana más mi marido y yo salíamos de viaje y no podíamos dejarlo en casa aunque quisiésemos, así que me preparé para salir para mi reunión con servicios sociales y antes de salir me senté para leer la Biblia. Llevo varios meses siguiendo un plan de estudio bíblico y ese día me tocaba leer el Salmo 68. Lo abrí y leí la frase “Padre de huérfanos…hace habitar en familia a los desamparados” y pensé “Señor, quiero creer que esto es verdad…ayúdame a creer que esto es verdad”. Salí de mi casa repitiéndome estas palabras con más incredulidad en mi mente que fe – Dios le había revelado esto a otros, ¿será que también podía revelármelo a mí?. Llegué al centro de servicios sociales y me senté en la oficina con la encargada de menores: le conté todo sin dejar ni un solo detalle fuera y le dije “tenemos unos amigos de la iglesia que quieren acogerlo y asumir toda la responsabilidad”, ella me miró y me preguntó: “¿qué iglesia”. Aquí en España mucha gente piensa que si no eres católico estás en una secta peligrosa y el admitir que no era una iglesia católica en mi mente era un riesgo aún mayor, pero decidí ser honesta así que le dije la verdad y le conté a que iglesia asistíamos, muy para mi sorpresa ella me dijo: “mi mejor amiga se casó con un pastor y viven en Estados Unidos, lleva años intentando convencerme de que vaya a esta iglesia tuya”. Me dio una gran sonrisa y me dijo que este chico había tenido muchísima suerte de encontrar no solo una familia que le ayudase sino dos! y que ella iba a hacer todo lo posible para que no nos lo quitasen y que además nos diesen todos los permisos para que la otra familia lo tuviese. ¡No me lo podía creer! Había escuchado y había leído que Dios era el Padre de los huérfanos, que ponía a los solitarios en familias pero no lo había visto de primera mano. Ahora, al igual que los Israelitas, tengo un nuevo nombre para Dios “el Padre de los huérfanos”. Él verdaderamente es quien dice Su palabra que es y aunque se (porque a estas alturas de la vida me conozco) que llegarán momentos en los que tenga temor y dude de otros aspectos de su carácter que no he visto de primera mano, se que él es el Padre de los huérfanos y él pone al huérfano en familias.

Lo que he aprendido de mis amigos Mau & Bri

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Ayer fue la fiesta de despedida de mis amigos – y casi hermanos – Mauricio y Brittney. Aunque siempre he sabido que llegaría el día en el que Dios les enviaría a otro país, nunca me había parado en pensar en como su ida me afectaría. Lo que es más, siempre asumí que Dios me habría enviado a mí a otro sitio antes de que se fuesen ellos. Nunca pensé que yo sería la que “me quedaría atrás”.

Conocí a Mau hace doce años cuando él todavía no conocía a Cristo (ni a su esposa Brittney), y era un simple estudiante más de los cientos que vienen a estudiar a Madrid. Tuve el gran privilegio de verle llegar a los pies de Cristo y aunque él dice que yo fui su líder de jóvenes, la verdad es que estoy totalmente segura de que yo he aprendido más de él de lo que él aprendió en su día de mí. Ahora, casi doce años más tarde, ha llegado el momento para que se vayan y hoy, conforme les estábamos despidiendo, me llené de un temor santo de olvidar todo lo que he aprendido de ellos. No podía evitar preguntarme a mí misma si al no tenerles cerca me olvidaría de lo que he visto en ellos y de lo que tanto me ha retado. Así que, quiero aprovechar esta entrada de blog para “poner sobre el papel” eso que no quiero olvidar y espero que estas palabras escritas puedan ser de bendición y reto para alguien tanto como verlo vivido ha sido para mí.

1. Si Dios dice algo, no hay que dudar, hay que caminar.

A la mayoría de las personas – y yo me incluyo – nos gustan las confirmaciones. Si Dios dice algo a nuestro corazón, queremos una palabra profética, un arcoiris en el cielo y si no puede ser una visión con ojos abiertos, por lo menos un sueño en la noche para confirmar lo que hemos sentido. Cuando Mau oye algo de Dios, no necesita confirmación, obedece y se pone a caminar.

Mau llevaba menos de unos meses de haber conocido al Señor cuando comenzó a orar y a preguntarle a Dios: “Dios ¿a quién quieres que predique? ¿dónde quieres enviarme? ¿a qué país quieres que vaya?”. Al poco tiempo Dios le habló y le confirmó que en un futuro, acabaría enviándolo a Turquía. Desde la primera vez que Dios le habló de Turquía, Mau comenzó a orar y a ahorrar. De hecho, tenía todo el dinero ahorrado y durante años estaba simplemente esperando que Dios dijese “¡ya!”.

En otra ocasión sintió que Dios le estaba hablando de apartarse y buscarle, así que ¿qué hizo? La mayoría de nosotros nos despertaríamos pronto uno o dos días ¡quizás hasta una semana! pero Mau no. Él había escuchado de Dios e iba a obedecer. Canceló toda su vida social y dejó todo a un lado por buscar más de la presencia de Dios. Salía del trabajo todos los días, apagaba el teléfono y se metía a buscar a Dios. ¡Todos los días durante meses! ¿porqué? Porque Dios habló y punto. No hace falta confirmación, no hace falta sentirlo, solo hay que obedecer.

2. Lo eterno es eterno y lo temporal es temporal.

Algo que siempre me ha encantado tanto de Mau como de Bri es que viven Mateo 6:33 con todo su ser.  Buscan primero el Reino de Dios y esperan que todo lo demás sea añadido. Tantas de nuestras excusas con el Señor se deben a que seguimos queriendo un tesoro terrenal. Seguimos queriendo aceptación, popularidad, posesiones, renombres, diplomas y se nos olvida que “el cielo y la tierra pasarán” y que “el reino es inconmovible”.

Cuando Mau sintió fuertemente el dedicar mucho tiempo a buscar a Dios, no tuvo en cuenta su vida social ni pensó: – “si no paso tiempo con mis amigos estos meses, ¿qué pasará después? ¿seguirán queriendo estar conmigo?”. ¿Porqué? Porque sabía que lo que invirtiese en lo secreto era para siempre.

De la misma manera, cuando Bri (la esposa de Mau) sintió el llamado al medio oriente (antes de conocer a Mau), Dios le preguntó “Bri ¿estás dispuesta a ir con la cabeza tapada todos los días durante el resto de tu vida?”. Bri dijo que sí al llamado de Dios ¿porqué? Porque sabe que no se trata de su comodidad temporal ni de sus temores momentáneos, sino que se trata de algo eterno.

3. Sumisión y honra

A pesar de ser un líder increíblemente fuerte y de tener una amistad tan estrecha con el Espíritu Santo, Mau sabe caminar debajo de otros líderes, servirles y honrarles. Cuando se abrieron las puertas para que fuesen a Turquía de manera indefinida, su primera respuesta fue “tenemos que hablar con el equipo pastoral de nuestra iglesia”. Nunca usa como excusa “a mí Dios me dijo tal cosa, lo voy a hacer y no me importa lo que me digan”. Sabe escuchar del Espíritu Santo y al mismo tiempo respetar las voces que Dios ha puesto en su vida.

Y ahora, con Mau y Bri mudándose a cientos de kilómetros, me encuentro preguntándome a mí misma: – Jaz ¿correrás con lo que has aprendido? ¿responderás al llamado de vivir para lo eterno? ¿responderás al llamado de obediencia sin excusas? y la verdad, es que aunque se que estoy creciendo, también se que me queda un largo recorrido por delante. Solo espero algún día poder ser el ejemplo que ellos han sido para mí y en un futuro poder escuchar la dulce voz del Padre susurrándome “Jaz, mi niña, bien hecho sierva fiel”.

Si quieres más información acerca de lo que Mau y Bri van a estar haciendo en Turquía, si sientes llamado al medio oriente o si te gustaría ser parte de su equipo entra en http://preciosasangre.org/

La boda de mi héroe

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Todos tenemos héroes en la vida, normalmente son personas que admiramos a lo lejos: deportistas, personajes bíblicos, líderes políticos o músicos. Nuestros héroes son personas que en algún momento de su vida hicieron algo que nos impresionó o vivieron de una manera que nos gustaría vivir. Personalmente, tengo el honor de que mi héroe es una de mis mejores amigas, no por algo específico que ha hecho, sino porque aunque ha sido difícil, ha escogido el camino hacia la libertad.

“Sara” (llamémosla así aunque no es su nombre real) tuvo una de las peores infancias que he escuchado. Desde los tres años recibió todo tipo de abuso y fue usada y vendida en redes de pornografía infantil. A los cinco años de edad ya tenía enfermedades de transmisión sexual y en medio de esa niñez tan caótica, todos los domingos asistía junto con su familia a una iglesia local. Aparentaban ser una familia relativamente normal, pero en privado eran una familia increíblemente disfuncional.

Aunque la historia de Sara es horrible, soy consciente de que hay muchas personas que han sufrido en la vida. Las estadísticas de niñas (y niños) abusados y violados antes de cumplir los doce años son aterradoras; no tienes que ser un experto en psicología para reconocer la enorme cantidad de gente dolida y rota que camina por el mundo. Aún así, quiero escribir un poco sobre Sara porque creo que hay gente en situaciones difíciles que pueden, al igual que yo, aprender de su vida.

Cuando conocí a Sara hace cinco años, ella acababa de salir de una institución mental en donde la sujetaban con camisa de fuerza. No obstante, su amor por la vida y su pasión por ser libre me hicieron acercarme a ella. Las dos decidimos que lucharíamos por más de Dios y por superar nuestros temores y complejos; decidimos dejar que otras personas entrasen en los lugares difíciles de nuestras vidas y nos confrontasen con amor. En varias ocasiones le dije cosas como: “Oye… me he dado cuenta de que tiendes a criticar a líderes por no prestarte atención suficiente. No sé si te has dado cuenta de esto, pero creo que no es del todo normal y no sé muy bien por qué lo haces”. Sara siempre reaccionaba de la misma manera: primero se quedaba callada unos segundos, luego se ponía a pensar y después decía algo como: “Yo tampoco sé por qué reacciono así, pero voy a hablarlo con el Señor. Gracias por decírmelo”. Unos días más tarde me enteraba de que Sara había pedido un día libre en su trabajo y se había ido con su cuaderno al parque para pasar un día entero con el Señor. No buscaba excusas ni dejaba pasar mucho tiempo, sino que luchaba por ser libre. Luchaba con el Señor y en varias ocasiones buscaba ayuda profesional, pero realmente, más allá de esto, la persona con la que más luchaba era consigo misma. Tuvo que decidir perdonar y tuvo que decidir rendir la autolástima.

Se que hay muchas personas que luchan en la vida, pero una vez más, tengo que decir que Sara es diferente. ¿Por qué? Porque hay muchas personas, y en especial muchas mujeres, que tristemente luchan por las razones incorrectas: luchan para que nadie les vuelva a hacer daño; luchan por aprender a saber en quién confiar y en quién no confiar; y luchan por ser independientes. Incluso lo espiritualizan diciendo cosas como: “Yo no necesito a nadie, solo al Señor”. Pero la realidad es que Dios nos creó para ser parte de un cuerpo y Sara es un ejemplo de cómo luchar por las razones correctas. Luchó por superar la autolástima y no usar su pasado para excusar su presente, luchó por aprender a ser transparente y vulnerable con otros; e incluso, luchó por confiar en Dios y no tener que tener todas las respuestas a sus “por qués”. Si hoy la conocieses, nunca adivinarías la vida que ha vivido, de hecho casi nadie sabe su historia. No porque le de vergüenza contarlo, sino porque no necesita contarlo a menos que Dios la guíe a hacerlo.

Decidir luchar por ser libres es una decisión difícil, porque si escogemos abrazar nuestro estado actual de trauma y dolor, y abrazar nuestro pasado como parte de nuestro presente, la gente sabrá la verdad: sabrán que nuestros padres, o hermanos, o pastores … o quien sea, son culpables por nuestro estado actual. Pero si escogemos perdonar y luchar por nuestra libertad como lo hizo Sara, la gente no sabrá la verdad y pensarán algo como: “Ah, mira que bien está Sara, seguro que su familia es perfecta y tuvo una infancia feliz”. En el caso de Sara, una señal de que realmente es libre, es el hecho de que no le importa lo que piensen los demás. No necesita defenderse, ni necesita explicar su situación. Piensen lo que piensen, ella está enamorada de Dios y es totalmente libre. Su pasado no determina su presente y no determinará su futuro.

Hace unas semanas tuve el honor de asistir a la boda de Sara, mi héroe (¿cuántas personas pueden decir que han ido a la boda de su héroe?). Pude presenciar, por primera vez en mi vida, la obra redentora de Dios en la vida de alguien desde el principio hasta el final (lloré “como una magdalena”, como decimos en España). Y esta obra, fue una obra con un final feliz. Conocí a Sara como una persona rota y atormentada y la vi casarse como una persona libre y llena de gozo, con un hombre absolutamente increíble, que superó cualquier expectativa que yo jamás hubiese tenido para ella. Además de estar totalmente enamorado de Sara, su marido está totalmente enamorado de Dios, ama con locura las naciones y las almas y viene de una familia unida y llena de amor, que ha abrazado a Sara como si fuese su hija. Verdaderamente Dios supera todas nuestras expectativas y es el experto en redención.

Segunda semana de grabación

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Hoy cumplimos una semana en el estudio de grabación. Hemos grabado casi todos los temas (diez de doce) y aunque vamos a seguir trabajando otras dos semanas después de esta, esta es la última semana de trabajo “pesado”, en la que estamos intentando crear un sonido acústico y fresco que pueda reforzar la letra de las canciones y llevar a la gente a la presencia de Dios.

Hace unas semanas, cuando todavía estábamos en España, nos juntamos todos los músicos para tener un fin de semana intenso de oración y ensayo. Durante ese fin de semana ensayamos todas las canciones y sacamos ideas de arreglos para luego poder enseñarle las ideas al productor. Además de ensayar, también tuvimos un tiempo de oración en el que apuntamos cosas que sentíamos que Dios quería hacer a través de este proyecto. Entre otras cosas oramos para que cuando la gente escuchase este disco, recibiese el gozo del Señor y sintiese el amor del Padre. Ahora que ya llevamos más de una semana grabando, tengo que admitir que, tristemente, ninguna de nuestras ideas musicales ha funcionado. Cada vez que intentamos grabar una canción nueva, no nos sale como esperábamos. ¡Hemos tenido que empezar de cero con cada canción! Lo curioso es que aunque ninguna idea musical ha funcionado, todo lo que sentimos orar se está desatando en el estudio. Cada canción está saturada de tanto gozo de Dios que estoy expectante de ver lo que Dios va a hacer con este disco en las vidas de aquellos que lo escuchan, y tengo que admitir que, aunque a ratos ha sido frustrante el que nuestras ideas no saliesen y que, aunque ha sido mucho trabajo el sacar cada canción de cero, prefiero trabajar con un grupo de músicos que escuchan a Dios y que “aciertan” con sus oraciones, a un grupo de músicos que tiene todas las ideas musicales claras y toca con perfección.

Nos quedan otras tres canciones y lo bueno es que creo que ya estamos aprendiendo la lección (mejor tarde que nunca). Es más importante mantenernos conectados a Su corazón que tener todo planeado a la perfección.

Primera semana de grabación

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Hace casi un año que Dios me habló sobre grabar el disco de "solo queremos amarte" – fue muy claro en cuanto a la fecha y el productor y proveyó todos los recursos para poder llevarlo a cabo. Ahora, un año más tarde, ¡aquí estamos! Cada día estaremos trabajando uno o dos temas y estaremos aquí casi tres semanas. Hoy hemos arrancado con “Seremos la generación”. Canción que escribí al volver de Cartagena, Colombia el año pasado. Durante este viaje, cada vez que arrancábamos alabando en diferentes eventos, no podía evitar visualizar a cada grupo e iglesia uniéndose a una gran multitud de personas, hasta formar una misma generación con una misma meta: su presencia y su reino. Mi pasión es que conforme cantamos esta canción: en nuestros coches, en nuestras casas y en nuestras iglesias, nos apasionemos más y más con Él y con traer Su reino a esta tierra: sí, a nuestras iglesias y a nuestras ciudades, pero más allá de eso: que traigamos Su reino a nuestras familias, a nuestros lugares de trabajo, a los hospitales, a las cárceles…que, como dice la canción, “proclamemos desde lo alto cuanto nos amas”.

Dios anhela trabajar con nosotros

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Hace unos días me escribió mi amiga Sophie para preguntarme si quería unirme con un grupo de amigas a la mañana siguiente para salir y hacer evangelismo. Lo que solemos hacer es orar y pedirle a Dios que nos guíe para hablar con las personas que él ha preparado. Le pedimos que nos diga cosas específicas sobre las personas – qué necesidades tienen, qué aspecto físico, qué ropa llevan – y las apuntamos en una lista, luego salimos a la calle en busca de las personas en nuestra lista y nos acercamos a estas personas para orar por ellas y hablarles de Cristo. Esta vez en particular, cuando me escribió Sophie, estaba metiéndome en la cama con un pequeño dolor de garganta y sin saber muy bien si me despertaría con fuerzas para salir.

A la mañana siguiente me desperté mal. Sentía que tenía fiebre, me dolía la garganta y tuve que abrazar la realidad: el resfriado que ya había tenido medio Madrid me había alcanzado. Así que, todavía en la cama y con fiebre, le escribí un mensaje a mi amiga Sophie para decirla que no iba a ir. No obstante, todavía en la cama y fiebrosa, le envíe un mensaje rápido con una pequeña lista con cosas que podían buscar cuando saliesen a la calle. Realmente tenía fiebre, no me encontraba bien y ni siquiera pasé tiempo esperando en Dios, sino que escribí lo primero que me vino a la cabeza y luego seguí durmiendo:

– Alguien con un jersey de cuello alto rojo.
– Una mujer llamada Norma
– Dolor de espalda inferior
– Necesidad de reconciliación familiar.

Unas horas más tarde, cuando ya me había levantado, Sophie me envió otro mensaje: -“encontramos a la mujer del jersey rojo, pero no encontramos a Norma ni a nadie más. Gracias igualmente por la lista”.

Yo no le di mucha importancia al hecho de que no hubiesen encontrado las cosas en mi lista. A veces al intentar oír de Dios le oímos con claridad y otras veces tomamos pasos de fe y metemos la pata, eso es parte de “salir de la barca” y aprender. En esta ocasión, no me sorprendió para nada “no haber acertado”, al fin y al cabo ¡tenía fiebre!

Esa noche – después de haber pasado más de ocho horas – me volvió a escribir Sophie. Esta vez, me escribía desde el aeropuerto, ya que estaba saliendo de viaje:

– “¡Jaz! ¡no vas a creer lo que ha pasado! ¡Estoy en el aeropuerto y he conocido a Norma! La pregunté si tenía problemas de espalda inferior, me dijo que sí, me dejó orar por ella y fue totalmente sanada. Luego la pregunté si necesitaba restauración en su familia y también me dijo que sí, lloró mientras me habló sobre ello y pudimos orar juntas. ¡Gracias por enviarme la lista!”

Es increíble cuanto ama Dios a la gente. Les ama tanto que usará hasta un burro para hablarles…en esta ocasión, a alguien en la cama con fiebre. No sólo usó a alguien que estaba fiebrosa y enferma, sino que él sabía que horas y horas más tarde coincidiría Sophie en el aeropuerto con Norma y que “la fiebrosa” estaría en contacto con Sophie a lo largo de la mañana….¡increíble! Creo que a veces nuestra mente y nuestras fuerzas se meten en medio de nuestra habilidad de realmente escucharle con claridad. En esta ocasión mi mente no se pudo interponer porque no tenía la habidas para hacerlo. Muchas veces Intentamos discernir si estamos oyendo de Él o no y discutimos con nuestra mente (¿o seré yo la única que lo hace?) en vez de simplemente tomar el paso de fe. En este caso, el hecho de estar enferma me hizo no pensar y simplemente enviar un mensaje rápido y Dios, en su misericordia y soberanía lo usó para tocar a alguien de quien está locamente enamorado.

El año de vivir como hijos

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Estaba pensando en el año nuevo y en cómo empezar el año, y esto me llevó a pensar en todos los “unos de enero” y en todas las metas que he hecho a lo largo de los años. Luego, me empecé a preguntar sobre cuantas de estas metas realmente cumplí. No hay nada malo con ponernos retos y metas (de hecho tengo que confesar que soy un poco adicta al deporte de hacer listas y tachar tareas completadas), el problema está que el ponernos una meta suele llevar a una de dos emociones: 1. Si me pongo una meta y la cumplo, me siento orgullosa de mí misma (orgullo = problema) pero si me pongo una meta y fracaso, me machaco a mí misma, me siento como un fracaso y me desilusiono (desilusión = problema). Entonces, ¿cómo empezamos este año? ¿Cómo podemos retarnos a nosotros mismos de tal forma que al terminar el 2015 estemos más enamorados de Cristo y más apasionados por Su reino, sin estar ni orgullosos ni desanimados?

Antes de ir a la cruz, Jesús le dio a sus discípulos la clave para la felicidad. El día antes de lo que parecería en su momento el peor día de sus vidas, Jesús, su maestro les dice “¿quieres ser feliz? Lavaos los pies unos a otros”.  El servicio es la clave a la felicidad y qué mejor manera de empezar este año sino decidiendo servir. PERO, volvemos al mismo problema: si ponemos “servir más” en nuestra lista de metas, esto o bien nos puede llevar al orgullo o al desánimo. ¿Cómo lo hacemos?

Cuando miramos la vida de Cristo, vemos que su ministerio empezó escuchando la voz de Su padre cuando éste anunció: – “este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:13-17) y esta intimidad con el Padre nunca cesó. Vez tras vez se apartaba para estar con el Padre. Incluso le dijo a todos sus discípulos que todo lo que hacía (¡TODO!) era porque veía que el Padre lo hacía y que todo lo que decía era porque el Padre lo decía. (Juan 5 y Juan 12). Luego llega al final de su vida y dice:

Sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y durante la cena, como ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el que lo entregara, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó de la cena y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.  Luego echó agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía ceñida…” (Juan 13:1-5).

Jesús pudo servir, porque su identidad estaba en que sabía que era el Hijo de Dios. No podía sentirse orgulloso de servir – no necesitaba poner su identidad en eso – porque era Hijo y no podía machacarse por fracasar porque su identidad estaba en que era Hijo.

Ahora tú y yo somos Hijos del Dios altísimos. Él fue el primogénito entre muchos hermanos y tú y yo somos hijos y co-herederos que estamos aprendiendo a sólo hacer lo que hace nuestro Padre y a sólo decir lo que dice nuestro Padre. Así que, si la clave para la felicidad es servir y la clave para servir es vivir como hijos, propongo que en vez de hacer una larga lista de “que-haceres”, entremos en el año recordándonos a nosotros mismos “soy Hijo” y descansando en esa verdad. Cuando sabemos que somos hijos, entonces podemos “ceñirnos la toalla y lavar los pies” y cuando “lavamos pies” … ¡somos garantizados el mejor año jamás! (Juan 13:17).

El más humilde

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Hace unas noches salimos a la calle en Turquía para alabar y orar. Poco a poco nuestra música empezó a atraer a diferentes personas que se fueron acercando para ver que estaba haciendo este grupo ruidoso de extranjeros. Aunque tenemos que tener cuidado como y a quien repartimos tratados, normalmente acabamos hablando con casi todos los que se paran a vernos. Con algunos, nuestras conversaciones son muy limitadas ya que sólo “chapurreamos” los saludos básicos del Turco, mientras que con otros podemos hablar más extensamente en Inglés o con la ayuda de un traductor. En esta noche en especial, acabamos hablando y/o orando por unas quince personas. Hablamos con comerciales callejeros, profesionales regresando a sus casas después de un arduo día de trabajo, familias que salieron a pasear, gitanos…¡todo tipo de personas a las que pudimos invitar a una reunión especial que tendría lugar la noche siguiente! (Gracias a que una iglesia local nos deja usar sus instalaciones, podemos invitar a la gente que conocemos a una pequeña reunión semanal en la que ofrecemos comida típica de España y en la que compartimos un pequeño mensaje o testimonio).

Al día siguiente, nos preparamos para esta reunión semanal. A veces hemos llegado a tener a más de diez personas, mientras que otras veces hemos tenido a penas a dos o tres. Nunca sabemos cuantos vendrán, pero sí sabemos que, venga quien venga, estas vidas son increíblemente valiosas y que es Dios quien las trae. En esta noche en particular llegaron sólo dos hombres, a quienes tratamos como verdaderos invitados de honor. Seguimos nuestro protocolo habitual de compartir un testimonio, sacar comida y pasar tiempo personal con cada persona, compartiendo el evangelio y orando por ellos. Después de varias horas y cuando ya estábamos preparándonos para empezar a recoger, llegó un sin-techo sucio, poco atractivo, que acomplejadamente, mantenía su mirada en el suelo. Le habíamos conocido la noche anterior mientras tocábamos en la plaza, pero realmente no había mostrado mucho interés en venir a la reunión.

Aunque ya no teníamos nada de comer para ofrecerle, le dimos la bienvenido y le invitamos a sentarse. Dos miembros del equipo de España, un traductor y yo agarramos sillas y nos sentamos al rededor de Él.
– “Cómo te llamas” – le preguntamos. – “Mohamed” contestó él (cambio su nombre por motivos de seguridad).
– “Mohamed” – le dije – “Dios me está mostrando que aunque todos a tu al rededor han perdido la esperanza, Él ha puesto una esperanza en ti que nunca ha muerto. Tú siempre has sabido que algo bueno vendría, a pesar de las dificultades”  – “Sí” contestó Mohamed “¡es verdad! Yo se que Dios siempre ha estado conmigo”.
– “Mohamed” – continuó mi amigo Rodri – “¿por casualidad tiraron agua hirviendo sobre ti cuando eras pequeño?” – A Mohamed se le pusieron los ojos como platos y empezó a asentar la cabeza, – “Sí” contestó “pero yo, yo creo en Dios, él siempre ha estado” – dijo rápidamente, casi como intentando defenderse, mientras seguía con su mirada puesta en el suelo.
– “Mohamed” – seguí yo – “aunque Dios siempre ha estado contigo y su mano siempre ha estado puesta sobre ti, nosotros no podemos llegar a él con nuestros esfuerzos. Nosotros estamos en un lado y a veces pensamos que si hacemos muchas cosas buenas podremos crear un puente para llegar a Dios, pero no podemos. Si yo tengo una botella de agua limpia y le pongo una gotita de veneno, todo el agua estará envenenada. Lo mismo pasa con nosotros, de igual si hacemos muchas cosas buenas, ya estamos sucios por nuestra maldad. Isa (Jesús en Turco) es el puente para llegar al Padre.  – “Yo quiero darle mi vida” – dijo Mohamed.
– “Mohamed” – siguió mi amiga Glenda – “¿hiciste algo en el pasado por lo que te condenas a ti mismo? – Mohamed asintió la cabeza y miró fijamente al suelo. – “Sí” contestó él. “Sí”. Al instante Rodri empezó a decir en voz bajita y en Español – “wow, Dios me está mostrando como en el pasado él mató a alguien”.
– “Mohamed” – dije yo – “¿quieres perdonarte a ti mismo y recibir el perdón del padre?  – “Sí” contestó Mohamed.

Rápidamente le permitimos al traductor que le guiase a hacer una oración en la que se perdonaba a él mismo, le pedía perdón a Dios por sus pecados y aceptaba a Cristo como Su señor y salvador. Después de que orase le preguntamos como se sentía. Aunque Mohamed seguía lleno de complejos y aunque seguía siendo evidente que la vida no le había tratado muy bien, Mohamed empezó a levantar la mirada del suelo y empezó a mirarnos a los ojos. “Me siento bien” – contestó –  “siento mucha paz y siento gozo”.

La noche anterior, cuando habíamos estado cantando en la calle, muchas personas dijeron que vendrían a nuestra reunión. Familias prósperas, autónomos, comerciales,etc, pero Dios trajo al “más humilde de ellos” (Mateo 25:40 PDT). Al pobre, desamparado, en quien nadie se fija.  Cristo vino para sanar a los afligidos, liberar a los prisioneros, para consolar a los que están tristes…y ellos (los afligidos, prisioneros y tristes) reconstruirán las ruinas antiguas y levantarán lugares que fueron destruidos. (Isaías 61)

Nuestro Dios, grande en amor e inmenso en misericordia, escoge edificar usando vidas en ruinas. No hay persona demasiado rota, quebrantada o difícil para Él. Él nos ve, con nuestros complejos, nuestras vidas complicadas, nuestros pasados y nuestro pecado y nos escoge para Su reino. Te animo a mirar a tu al rededor y ver con Sus ojos de constructor amoroso. Mira y ve más allá a las personas en las que el resto del mundo se ha dado por vencido, a la gente a quien nadie valora, al pobre, al rechazado, al sucio y al mal oliente. Para nuestro padre, el más humilde tiene un valor incalculable.

El llamado a la oración

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Hace unos días aterricé por primera vez en un país musulmán. Al bajarme del avión la primera cosa que vi fue un pequeño grupo de mujeres, totalmente tapadas, arrodilladas en el aeropuerto orando hacia la Mecca.

Durante los últimos días, varias veces al día, oigo el llamado a la oración. A las cinco de la mañana empieza a sonar desde la mezquita un llamado fuerte al que cientos de personas responden, poniéndose de rodillas y orando a su dios. No importa donde estén, en qué estén pensando o si les apetece o no, responden al llamado a la oración. Esto me ha llevado a preguntarme a mí misma, cómo sería la iglesia mundial, si todos los cristianos del mundo orasen cinco veces al día, proclamando que Jesús es el Señor.

La verdad es que podría escribir este blog y hacernos a todos sentirnos culpables por nuestra poca oración o podría escribir y retarnos a todos a orar tan a menudo como oran los musulmanes. Pero el cristianismo no se trata de eso. No se trata de orar porque tenemos que hacerlo o porque una iglesia nos dice “es tiempo de orar ¡para lo que haces y ora!”. De hecho, esto es lo que nos diferencia a nosotros de ellos. Todas las religiones del mundo intentan agradar a su Dios y perfeccionarse a sí mismos, pero nuestro Dios – el único y verdadero – supo que nunca podríamos cambiarnos y que no podríamos hacer nada para agradarle, así que se hizo hombre y murió, no para que orásemos cinco veces al día como acto religioso, sino que para que tuviésemos una relación de amistad y amor con Él. No se trata de obligarnos a buscarle, se trata de buscarle como respuesta a que él nos amo primero. No oro porque tengo que hacerlo, oro porque quiero conocerle más y porque quiero estar con Él. Al fin y al cabo, fuimos creados para tener una relación íntima con el creador.

Ahora que llevo varios días aquí, oyendo el llamado a la oración día tras día, me he empezado a preguntar a mí misma: Jaz, ¿cómo sería tu amistad con Dios si respondieses a Su llamado a la oración? A diferencia del pueblo musulmán, Dios no me llama a buscarle cinco veces al día, siempre al mismo tiempo y con las mismas palabras, sino que a lo largo del día susurra en mi oído “ven a pasar un tiempo conmigo” o “ey, estoy aquí” o pone una pequeña semilla de hambre en mi interior – un pequeño algo que anhela encontrarle más y estar con Él. Lo bueno del Cristianismo es que me ha hecho libre para buscarle cuando yo quiera, lo malo del Cristianismo, es que me ha hecho libre para buscarle cuando yo quiera…y muchas veces no quiero.

Al igual que el pueblo musulmán que responde al llamado sin importar lo que están haciendo o donde están, Dios nos llama a orar y muchas veces (por no decir todas), no tiene en cuenta si estamos en el aeropuerto, en el trabajo, si nos apetece, si teníamos otros planes o si estamos dormidos. Nos llama a estar con él, no como obligación sino como invitación y como hijos, estamos aprendiendo a responder a Su llamado a la oración. Estamos aprendiendo a dejarnos cautivar y enamorar más y más por Él. A dejar a un lado nuestro espíritu independiente y dejar que Él sea el que organiza nuestro horario.

No se tú, pero yo quiero responder a Su llamado a la oración. Quizás no podamos responder a este llamado en medio del trabajo  como lo haríamos en casa o quizás no podamos responder a las cinco de la mañana como lo haríamos a las once, pero si él nos llama, tiene que haber una forma de responder. Quizás sólo sea con una pequeña respuesta:
– “Ey, estoy aquí” – te dice tu amante.
– “Hola Señor, aquí estoy….gracias por llamarme por nombre” – contesta tu espíritu, en medio del ajetreo del día – “Gracias por hacerme libre para escogerte, libre para amarte, libre para responder al susurro de tu voz”.